Una ciudad es una gran casa con ruedas que camina por la carretera del tiempo. Una ciudad es un paraíso sin animales, ni hombres desnudos con hojas de papaya en la parte baja del tórax, pero con serpientes descendiendo de todas las ramas de todos los árboles; llena de ricas manzanas rojas como la sangre, embriagantes como el vino. Una ciudad puede ser un niño regañado que huye la palmada y no le pasa nada porque acabó de conocer las mentiras, un niño sin triciclo que puede correr pero está cansado y le duele la vida y ya sus juguetes han crecido y lo quieren pisotear. Una ciudad es un niño triste. Una ciudad puede ser un jardín, un jardín con flores de todos los colores, frente a una casa feliz. Una ciudad puede ser un jardín fumigado con hedor a químico vencido, con protección plástica sobre los pétalos, con loción de ambientador. Una ciudad también puede ser solo una flor, una flor grande y hermosa pero sin abeja, sin un algo que la eternice y la hago flor, una flor sin siquiera un zángano para si. Una ciudad es un hombre vestido de luto, un hombre con rostro. Yo soy una ciudad.
Mario Alejandro Aguirre
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